Sobreviví al Infierno


Jacinto murió. Así no más, se murió.

Llegó al Infierno y allí lo recibió su regente.

– Estás condenado a una hora estándar de tortura aquí en mi Reino.

– De verdad, sólo una hora, por más malo que fuí, me parece poco, y por muy brutal que sea esa hora igual me parece poco. Así que no me hagas esperar más inmundo animal.

– Ya veremos. Pero debes saber que una ho estándar aquí son mil años de tu vida. Y qué para cada año escojo una tortura diferente. Comencemos.

El primer año fueron sólo latigazos, pero como en BDSM. Cada rebote arrancaba de cuajo un trozo de piel. Cada desmayo venía acompañado de una violenta resucitación. Así, perdió un brazo.

El siguiente año fue el de las agujas. Así perdió un ojo.

Cada martirio era peor que el anterior. Sí hasta los cenobitas sentían envidia del Arte.

Y el último día de Jacinto no fue mejor que los 999 anteriores, pero fue perfecto.

– Sobreviví.

– M.

– Dime, qué pasa ahora.

– Regresas a la Tierra.

– Te lo agradezco.

– No hace falta la ironía.

– Para nada, lo digo de corazón.

– Ya veremos.

Jacinto volvió a nacer, como una pobre criatura, horripilante a decir verdad. Pero sus padres lo amaron desde el primer momento, y él los amó mucho más.

Jacinto jamás se rindió a su adversidad, superó todos los obstáculos de la vida. 

A la mayoría de edad entró al Seminario, se convirtió en el mejor exorcista de la historia.

En cada exorcismo miraba fijamente a los ojos del engendro del mal y le decía; Gracias, ahora vuelve a tu chiquero!

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