El viejo


Oliver de cuarenta y tres años, regresó de un día muy agotador, de las votaciones normales de las leyes, como buen diputado.

Observó a su hija en brazos de su señora y las abrazó a ambas.

Se dirigieron todos juntos a tomar once a la cocina. Se sirvió un par de tostadas y un buen té.

Pero ese día el agua estaba más caliente de lo normal y se quemó la garganta. Gritó del dolor y entonces se encontró frente a una vieja que lo miraba con cansancio; Te dije que soplaras el té, que te ibas a quemar; Y usted quién es?; Otra vez, soy tu esposa; Mentira, ve y trae a mi mujer Josefina; Que no existe ninguna Josefina, soy Julieta y soy tu mujer; Pero si eres una vieja, yo soy joven; Otra vez con los 43? Ven ya me cansaste.

Julieta tomó a Gustavo y lo llevó apenas frente al espejo del baño. Oliver observó con horror a un viejo que lo observaba fijamente; Quiero que venga Josefina!!

Lamentablemente ese fue el último grito  Oliver, que murió en ese momento y sólo quedó el viejo Gustavo; Julieta, qué hacemos en el baño; Nada, ya  que has vuelto vámonos a la cama; Sí, vamos.

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