La bacteria Racsa


Hace unos cinco mil millones de años, una singular bacteria se trasladaba dentro de un asteroide. Alguien con un detector Racsa hubiera visto un puntito rojo viajando desde el espacio profundo hacia el planeta Tierra.

Hubiera sido muy interesante ver que ese puntito rojo al caer sobre la faz de la Tierra fue capaz de producir una hiperexplosión qué prácticamente vaporizó toda forma de vida en el planeta. Y a la vez observar que ese puntito rojo, por fin se había detenido.

También hubiera sido interesante observar a través del detector Racsa cómo ese puntito ahora era una estela de línea roja debido a la rotación del planeta.

La bacteria Racsa, ahora estaba libre de su prisión, pero enterrada bajo tierra 

Los innumerables cambios climáticos y otros cataclismos la acercaron a la superficie, hasta que un buen día una especie de dinosaurio la pisó. Ese fue el momento de apoderarse de su huésped y ve por fin con sus ojos en qué planeta había caído.

Todo era tan primitivos que sintió poco interés por el lugar, pero tuvo la impresión que con el correr de los milenios las cosas podrían mejorar. Así que aprovechó de dejar morir a su huésped para volver a enterrarse.

Un diluvio la puso nuevamente en movimiento y un millón de años más tarde encontró otro huésped. Se trataba de un tipo de mamífero. Incrementó al doble su tamaño y se convirtió en el depredador perfecto. Vivió así por 10 años y a pesar de haber recorrido grandes extensiones el océano fue su límite.

Desde fuera se hubiera visto la lucecita roja dando vueltas por Europa y rebotando en sus orillas.

La bacteria Racsa decidió que era el momento de cambiar de huésped y salió al mundo parida por el esfínter del pobre animal que murió en el acto.

Un ave carroñera fue la siguiente en contaminarse y convertirse en un pájaro monstruoso.

Por fin Racsa cruzó el océano y llegó a Egipto, bueno, lo que algún día sería. Recorrió todo África y regresó hacia el Nilo y concluyó que en ese lugar alguna vez se tendría que desarrollar una civilización. Así que inició un piquero mortal que estrelló y enterró a la criatura.

La mala suerte de Racsa hizo que millones de años después, aparecieran en esa zona unos hombres que levantaron sobre ella una gigantesca pirámide, que más tarde se conocería como la Gran Pirámide.

Racsa simplemente esperaba a su próximo huésped.

En el siglo XXXI, unos criptoarqueólogos clandestinos hicieron explotar la base de la pirámide para llegar hasta una Vimana enterrada allí mismo.

El polvo de esa explosión liberó a Racsa, depositándola en el segundo explorador.

De haber observado el espectáculo con un detector Racsa se hubiera visto cómo el punto rojo se hacía mucho más intenso y luego eran dos, mil, dos millones, toda una marea roja que tiñó al planeta por completo.

El otrora planeta azul ahora era de un rojo furioso, muy furioso. Esto permitió por fin que el Gran Racsa pudiera detectar a su bacteria extraviada y ordenó a una de sus legiones el ir a recuperarla.

Mientras tanto en la Tierra, los humanos racserizados eran bestias guerreras que disfrutaban del sexo RACSA. Si no se estaban matando, estaban copulando de formas en extremo violentas y mortales.

Una escena típica del campo era usar elementos de trabajo para atravesar y clavar a su pareja para copular y en casos de infidelidad, era normal ver a los amantes atravesados con algún fierro, mientras la pareja engañada abusaba de ambos.

En medio de todo este caos llegó la Legión de RACSA. Su observación fue que estás pobres criaturas eran demasiado débiles para la guerra intergaláctica. Así que decidieron a extraeles las bacterias y dejarlos a su suerte. Al menos RACSA tenía ahora millones de bacterias que podría usar para fortalecer a sus tropas.

La mayoría de los humanos murieron al momento de volver a su condición normal, producto de las terribles heridas que ya tenían del otrora estado racsa.

Los pocos sobrevivientes que quedaron volvieron a un estado casi animal, dónde habían perdido el lenguaje y su historia.

Algunos siglos después se recompuso un mito, aquel de un valeroso grupo de ángeles, de cuernos rojos, que vinieron del cielo y le dieron al hombre la Luz del Conocimiento 

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