El Profesor de Filosofía y Ética


  • Alumnos, respóndanme qué es el bien? Pero respondan si al conocerlo lo seguirían hasta sus últimas consecuencias. Porque han de saber que un hombre llamado Sócrates creía que eso era inevitable de ocurrir.

    La sala se llenó de silencio. Esta era una pregunta que valía un punto completo del exámenes final, pero con una trampa. Si la respuesta agradaba al profesor, sumaba un punto, pero de lo contrario lo restaba.

    Jaimito levantó su mano.

    • Querido alumno, puedes hablar.
    • Profesor, si el bien es relativo a una cultura y época, cómo alguien preclaro estaría dispuesto a seguirlo hasta sus últimas consecuencias. Del Señor Sócrates me lo esperaría, de hecho bebió la cicuta sin más.

    Nuevamente el silencio reinó en la sala, mientras que el profesor se dirigía al pupitre de Jaimito.

    • Jaimito, no? No sé si has ofendido al gran Sócrates.
    • Ve, ese es mi punto.
    • Silencio. Tú punto es que los maestros en la antigüedad educaban con una vara, lo que era aceptado por todos pero hoy es inadmisible y por tanto un hombre preclaro no debería haberle aceptado. Cómo nos debe quedar a todos claro que no podemos juzgar la moral del pasado o de otras culturas con nuestros ojos de hoy.
    • Correcto.
    • Silencio, no lo repetiré. Pero los maestros hemos evolucionado en el noble arte de educar a las nuevas generaciones de pensadores. Subamos la apuesta Jaimito, al doble, qué es lo que puede pasar entonces.
    • Qué puedo perder dos puntos o ganar dos puntos, o cero.
    • Cómo cero?
    • No ha dicho aún si gané un punto. Pero supongamos que lo perdí y si ahora respondo bien ganaría un punto, quedando así la cuenta final en cero. Correcto?
    • Jaimito, caminas sobre una cuerda floja entre las Torres Gemelas, aquellas que ya no existen, así tu probabilidad de caer al vacío es enorme. Como sea, estás en lo correcto. Aceptas la nueva apuesta?
    • Pues como el viejo Sócrates, seguiré hasta las últimas consecuencias, total soy tan sólo un niño.
    • Un hombre preclaro como dices, sólo haría el bien?
    • Eso depende.
    • No eludas la pregunta, ya estás en el medio de las dos Torres, da igual la dirección que escojas.
    • Pues no da igual la dirección, eso depende del viento. Y no eludo nada. Un hombre preclaro sólo puede hacer el bien, aunque los demás no lo entiendan.

    El silencio era tan grande que todos escucharon tragar saliva al profesor, quién regresó a su puesto.

    Jaimito tomó asiento y suspiró. No importaba el resultado, el ejercicio había terminado.

    En eso sonó la campana y todos salieron, menos Jaimito y el profesor.

    • Y entonces Señor?
    • Sabrás tú resultado en el exámen.
    • Usted no dijo eso.
    • Ni tampoco lo contrario, pero te doy un consejo, no dejes de leer a Sócrates, el marcó la diferencia.

    Gracias a ese último consejo del profesor Jaimito aprobó el curso con nota mínima. Todos los demás reprobaron.

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