Y ahora?


Era una noche lluviosa, como era antes en Abril. Esa cortina de agua producía una calma que podía llevar a cualquiera al más profundo sueño. A cualquiera menos a él.

Esa noche, Badulaque haría lo impensado. Sí, así se llamaba el pobre. Nunca supo el porque, y cuando quiso odiar su nombre ya estaba demasiado apegado a él. En cualquier caso, es irrelevante para lo que le pasó.

Era un periodista… Como sea, el asunto es que le gustaba investigar historias extravagantes, peculiares, misteriosas, paranormales, en fín, buscar la verdad. Así lo llamaba él.

Esa noche había recibido un misterioso telegrama, con una dirección y la palabra poseída.

Le tocaba caminar, pues por la hora lluviosa ya casi no había coches y tan sólo eran unas diez cuadras.

Entre charcos y riachuelos espontáneos llegó a una pocilga. Pensó que podría ser una estafa. Pobre gente, inventan cualquier cosa con tal de ganar unas monedas. Él no ganaba mucho, pero tampoco le molestaba ayudar a los que tenían menos.

Mientras estila frente a la puerta, vio la trayectoria de una luz de vela que venía en su rescate.

  • Quién es?
  • Soy el periodista – nunca decía su nombre de primera porque todo se enredaba mucho.
  • Ah, sí, pasé usted.

La puerta se abrió y el tenue brillo de la vela dejó entrever a una ancianita.

Badulaque entró sin demora, el frío le faltaba hasta los huesos y pronto descubrió que la única referencia con estar allí adentro era la falta de agua.

Se sacó el impermeable que estilaba y la viejecita se lo recibió.

  • Acompañarme, supongo viene a ver a mi hermana.
  • Bueno, no tengo muchos detalles del caso. Qué me puede adelantar?
  • Usted quiere un adelanto?

Él pensó que sería la clásica conversación de cuánto pagaría por esa historia. Se pasó todos los escenarios que conocía.

  • Pero es que no hay adelanto, usted tiene que verlo no más.

Un pasillo estrecho los llevó hasta una puerta con un candado.

  • Sostenga usted la vela por mientras que yo abro el candado.

La mujer con movimientos lerdos por fin logró abrir el metal oxidado.

  • Adelante.

Badulaque ingresó con la vela en su mano, y escuchó cómo la viejecita lo encerraba con el candado.

  • Oiga qué está haciendo?!

No tuvo respuesta, era como si esa habitación fuera a prueba de ruidos, imposible o quizás absurdo, pero allí reinaba un silencio sepulcral.

Su vista ya estaba medio acostumbra a esa penumbra y logró divisar una cama. Así que dándose ánimos se dirigió hacia ella.

La cama estaba perfectamente estirada. Acaso nadie vivía allí y esto había sido una trampa?

Se dió vuelta para regresar hasta la puerta cuando se topó con otra viejecita, que se veía muy mayor, casi sin pelo, con unos ojos rojos muy profundos, desnutrida a un nivel que jamás había visto antes.

  • Señora.

La viejecita simplemente sopló la vela.

Badulaque jamás regresó a su casa. Nadie supo del famoso telegrama. Nadie lo buscó en esa dirección desconocida.

Él único que hasta hoy se pregunta por él es un joven periodista que en esa noche lluviosa esperó y esperó el regreso de su padre.

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3 comentarios en “Y ahora?

  1. Bordaba lo irrisorio
    Ansiaba la gran verdad
    Descubrir los misterios
    Usar su nombre desafiante
    Leerse en los periódicos
    Acudir según lo indicado
    Querer revelarse contra la lluvia
    Ulular de ser necesario
    Esperar por su padre u olvidarlo

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