La Cofradía Polaris


El anciano arrastraba su sombra como cada día del último quinquenio.

Desde MCMXXXVI hasta ese último día, había sido fiel al Iris de la Estrella Polar, ese símbolo arcano que había jurado proteger junto a sus hermanos.

Pero ahora era el último de su cofradía. La modernidad había matado la mística.

Cumpliendo su rutina, traía un litro de sangre del pobre animal.

Con gran dificultad vertió el tinte carmesí sobre la pentalfa y luego avivó su columna de fuego con los troncos que el mismo había leñado al amanecer.

Tan sólo fue capaz de terminar el ritual, cuando sus 97 años llegaron a su fin.

A las tres de la tarde su alma desencarnada vió extinguirse el iris de Polaris y supo que era el momento de huir de allí.

Si se hubiera quedado, habría oído el choque de metales desde lo profundo de la tierra y hubiera contemplado el estremecimiento de la lápida bajo la extinta Polaris.

Lentamente emergió la bestia, que había sido custodiada bajo tanto sufrimiento, pero es que así debía ser.

Ahora estaba libre  otra vez para cumplir su promesa a los Primigenios.

El hombre se sacudió el polvo, arregló su ridículo peinado, masajeó su mostacho cuadrado, y se puso a caminar.

Berlín le esperaba.

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