Crimen en el Lamasterio


Mientras los monjes tibetanos estaban reunidos en su primera práctica de meditación, siete golpes secos llamaron a la puerta principal.

Rápidamente se cruzaron miradas de sorpresa y, tal vez, disgusto. Pero si eran Maestros de afuera debían recibirlos aunque eso les significara interrumpir su práctica.

Al abrir la puerta el monje rodó por el piso, aunque por su agilidad se reincorporó nuevamente.

Siete individuos malacatosos y fuertemente armados, clausuraron la puerta tras de sí.

  • Traigan a Jebtsundamba o morirán.

Jebtsundamba se levantó.

  • Nadie debe morir. Aquí estoy.
  • Te equivocas. El que se mueva se muere. Tú, extraele la sangre y tu los ojos.
  • Por qué?
  • Porque​ hoy todo se compra si el precio es justo.

Todos muy impactados observaban la cuenta escena. Varios quisieron levantarse pero “Jeb” les advirtió que no lo hicieran.

Al parecer esperaban una especie de milagro.

  • Entierra tu cuchillo de una vez, pero te advierto que este crimen te condenará por muchas generaciones a tí y tu descendencia.

Al hombre le tembló la mano, pero continuó.

  • No! Si lo haces, tú y los tuyos morirán.

Fue una exclamación de la última fila de los monjes.

  • Quién es el idiota? Mátenlo.

El líder de los “malulos” – G – sea había cabreado.

El monje díscolo se puso de pie.

  • Qué esperas? Hazlo, y tú también! – dijo mirando hacia “Jeb”.

El monje miraba firmemente a los ojos de su agresor.

  • Se los advierto por última vez!

No alcanzó a terminar esas palabras cuando “Jeb” se autoclavó el cuchillo; Nadie más debe morir hoy. Esas fueron sus últimas palabras.

Ante esa distracción el monje recibió una estocada mortal, pero como buen ex-legionario, de la mismísima Legión Extranjera, aguantó la embestida. Aislando el dolor, le fracturó la muñeca, luego el codo, hombro y cuello al “pillín”.

  • Todos ustedes acaban de morir.

Siguió con el cuchillo incrustado, mientras se hacía de una subametralladora y abría fuego contra el resto.

“G”, corrió como una cabra montés y logró llegar hasta la nieve, donde un cuchillo cortó su columna en la tercera vértebra.

El ex-legionario regresó satisfecho, ante la reprobación de sus Hermanos.

  • Espero que algún día me perdonen, así como lo hago yo. No logré alcanzar la Paz en la Legión Extranjera, quise expiar mis culpas, pero como saben bien la violencia no sirve, sólo aquí lo conseguí. Es mi tiempo de partir y al hacerlo me he asegurado que nadie más les vuelva a hacer daño.

Dicho eso se sacó el cuchillos y los chorros de sangre le quitaron el halito vital.

Efectivamente, nadie más los volvió a molestar por mucho tiempo, al menos mientras las osamentas de “G” se mantuvieron empaladas frente a la entrada principal del Lamasterio.

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