Los Inmortales


  • Te gustaría ser inmortal?

    Ella rió gentilmete y dijo Sí.

    • Entonces ven al término de clases a mi oficina.
    • Claro profesor.

    Pensó que eso sería lo más conveniente. Ya había estado con otros profesores, la verdad no le importaba si con eso aseguraba su título.

    • Profesor?

    La oficina parecía vacía.

    • Profesor?
    • Sí, cierra por favor.

    Ella suspiró, ya se imaginaba lo que vendría.

    • Sientate allí.
    • Aquí en la silla?
    • Sí, y descubre tu brazo derecho.
    • El brazo nada más?

    El profesor traía una jeringa luminosa.

    • Qué es eso?
    • Esto es extracto del Árbol de la Vida, lo obtuve de su metabolisación angelical.
    • Cómo?
    • Es sangre de ángel.
    • Profesor de qué está hablando?

    Ella se giró y levantó rápidamente de la silla, en dirección hacia la puerta. Pero el profesor tenía en su otra mano cloroformo.

    Antes de llegar a la puerta, éste la durmió y regresó a la silla, amarrándola ella.

    Dándole un golpe fuerte, le enterró la aguja en el corazón y comenzó a inyactarle el líquido luminoso. El inmenso calor que esto le provocó la hizo despertar.

    • Ya está mi niña, ahora eres inmortal.

    Todo su sistema circulatorio era luminoso e irradiaba su luz desde bajo la piel.

    • Qué me hizo?
    • Te volví inmortal. Yo no podía. Hubiera sido un viejo con cáncer para siempre y eso era absurdo.
    • Suélteme, me quiero ir.
    • Eres libre. Todos lo inmortales lo son, pero debes verte en el espejo primero.

    Ella no le hizo caso y corrió hacia el pasillo. En la medida que se calmaba se fijó en cómo la veían con espanto y se miró en un espejo.

    Ver el sistema circulatorio como un fluido luminoso era maravillosamente aterrador.

    • Profesor.
    • Has vuelto mi niña.
    • Qué me hizo? Cómo se apaga?
    • Nunca. Has visto que los ángeles son luminosos?
    • No existen los ángeles!
    • Tú eres semiangelical, por eso eres inmortal.
    • No quiero serlo. Hágame una transfusión o lo que sea. Sáqueme esto.
    • No puedo. Morirías.

    El profesor se sentó y murió, producto de su cáncer.

    Verónica pudo ver cómo su alma dejaba el cuerpo y la miraba murmurando una especie de despedida hasta que desapareció.

    Se sentía como un monstruo y no sabía qué hacer.

    • Confundida?
    • Que?!

    Un ángel le habló desde su espalda.

    • Ví tu luz y me pareció muy curioso.
    • Tienes alas.
    • Y tú no.
    • No. No me digas que eres un ángel… Ayúdame, no puedo ser luminosa.
    • No puedo arreglar eso.
    • Ayúdame.
    • Te puedo llevar conmigo.
    • A dónde?
    • A todas partes.
    • No quiero que me vean.
    • Mientras estés conmigo seremos invisibles.
    • No quiero ser invisible, quiero mi vida.
    • Tu vida creo que terminó. Ahora tienes una nueva vida. Puedes aprender a vivirla o no. Tú decides.

    Dicho esto el ángel desapareció y Verónica se echó a llorar, pero hasta sus lágrimas eran luminosas.

    • Acepto.
    • Lo sabía. Ven a mí.
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