Los primigenios sí saben hacer perder la cuenta de los orgasmos


En el asiento trasero del auto, él le empezó a meter mano. Una, dos, ella muy excitada, tres cuatro, cinco y seguía.
Ella no sabía bien qué estaba pasando, pero no quería que parara. Sus dedos eran más largos que lo normal y muy gruesos.
Unos, dos, tres y mucho más.

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