Dios mío, qué solos se quedan los muertos!


Ya lo dijo Bécquer

en su triste meditación,

en su poesía de ojos cerrados,

en su canto a la melancolía,

en una habitación en penumbras,

en un momento de angustia,

donde el duelo es Don Señor,

donde no queda más que dolor.

Dónde hubo un alma

ahora sólo queda un vacío,

un cuerpo que ya no es templo,

al que un sepulcro espera,

al que los deudos extrañan,

los pajrillos callan,

el tiempo se enfría,

Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

Los muertos se quedan solos,

solos consigo mismo,

con sus miedos,

con penosos recuerdos,

con las ideas que no fueron,

sin ese añorado perdón,

pero con una esperanza,

la de un rezo con Amor.

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