Haters


El monje ingresó a su cuenta de tuiter y empezó a revisar los post y al llegar al tercero no se pudo contener.

Desató una verborrea verbal sin precedentes contra ese autor y continuó así, uno tras otro, el caos y el fuego reinaban en su teclado contra los sucios impíos.

Agotado, al final se retiró a sus aposentos a descansar, orar y contemplar la paz mundial.

La egrégora del odio dio un par de vueltas más en la sala de las computadoras y al no tener ninguna otra víctima se trasladó al convento vecino, eso siempre le hacía el día.

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