Ubuntu


Ubuntu, ubuntu, ubuntu… Ese era el mantra. ¿Cómo algo tan simple podía ser tan poderoso?

10 años habían pasado, 10 largos años, y al fin el Maestro de Maestros se lo había revelado. Ya no tendría límites, ni dudas.

Muy bien, posición de loto, respiración profunda, lenta y rítmica. Una imagen de Ouróboros en amarillo frente a él, e inscrito en su interior el mantra Ubuntu, todo blanco.

Una última inspiración e hizo arder Ubuntu, que con una poderosa llamarada blanca entró por su glándula pineal y quemó su consciencia.

Todo se fue a negro, ya no había dolor ni duda. Todo era paz, alegría y amor.

En ese instante eterno escuchó la voz del Maestro de Maestros.

  • ¿Juan, eres tú?
  • Sí Maestro, ¿pero cómo?
  • No importa cómo, lo importante es que lo lograste. ¿Quieres ir al próximo nivel?
  • ¡Sí! ¡Por supuesto que sí!
  • Entonces, toma mi mano.
  • ¿Qué?

Un dolor infinito le recordó que aún tenía cuerpo, pero quizás no por mucho tiempo. Sintió como si le extrajeran su alma a la fuerza y ya no sólo era él, ahora eran dos.

  • ¿Lo sientes?

Los diálogos a partir de ese momento se volvieron innecesarios, absurdos y estériles, pero así es como él lo recordaría.

  • Ven, sigue mi pie.

Esto fue más terrible que lo anterior, fue como si una gota cayera por una cascada y justo antes de desvanecerse en el aire, se disolviera en un abismo oceánico infinito y cruel.

Juan ya no está aquí, porque está en todas partes, y con un pavor primigenio observa cómo el Maestro de Maestros ha usurpado su cuerpo, su mujer, sus hijos y su vida toda. Lo mismo que le hizo al resto de los iniciados, que en su conjunto unitivo se lamentan en un eterno grito mudo en la NADA QUE LO ES TODO.

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